Más tarde ese mismo día, Boris recorría los pasillos y salones del monasterio en busca de Septa Igraine. Se detuvo al costado de una alargada ventana, que entreabierta, daba paso a una agradable brisa sobre su espalda; pretendía despejar sus ideas, aunque fuese por un instante.
Caray, aquel bruto guerrero dijo una enorme verdad.- pensaba entretanto contemplaba a su alrededor. -este lugar es admirable.
Eso explicaría el porqué del manto de misterio que envuelve todo, y entonces ¿Cual era la finalidad de dicho grupo? ¿Que altos cargos políticos, eclesiásticos y militares podría abarcar? Si sus especulaciones eran ciertas, él quería formar parte y debía obrar indirecta y sutilmente. Era menester para sus propios asuntos el tener este tipo de contactos.
Por fin llegó ante los aposentos de Igraine, y golpeó suavemente a la puerta - "Septa Igraine ¿Podría robarle unos cuantos minutos?"-
- "¿Si?...¿Hermano Boris?" - se escucho lejana la voz de la septa - "Un momento por favor..."
Mientras Boris aguardaba frente a la puerta de la flamante líder del monasterio, vio pasar dos acólitos de quienes le pareció sentir en la espalda furtivas miradas suspicaces, que como taladro se estancaban en su nuca, tras recorrerle la espinilla.
Cuanta tensión... Igraine no la tendrá fácil los días venideros reflexionaba entretanto ambos clérigos se perdían de vista al girar en un corredor.
La alta puerta tras la que Boris esperaba, se abrió con un crujido seco, como si se estuviera forzando a torcer la rama de un árbol muy antiguo. La hermana Igraine, aunque sin precedente y contra cualquier pronóstico habia sido informalmente decretada Elder, seguía siendo escencialmente la misma. Sus ropas formales de vestimenta para dormir eran las mismas que las que había usado cuando había hecho su viaje a las ciudades libres. Igual de limpias, igual de puras, igual de simples.
-”Adelante Hermano Boris...” - Su gesto, afable, y azotado por el paso del tiempo, le había ayudado a acentuar una imagen de sabiduría; sabiduría que Boris había conocido en ella bajo su tutela, cuando aquellas arrugas eran todavía una lejana pero inexorable premonición.
- “¿Gustaría tomar un té?... Por favor, siéntese” - Le dijo, mientras no esperaba una respuesta y llenaba de agua una pava, señalándole con la mano libre un antiguo sillón de dos plazas, marrón, a tono con el ambiente de la habitación antigua pero con estilo clásico.
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on miércoles, noviembre 16, 2011
at 19:17
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